Visitar Ingapirca es viajar en el tiempo. Quizás lo presienta apenas vislumbre la imponente fachada del templo; quizás caiga en cuenta al final del recorrido, contemplando a los Andes desde los cuatro vientos. El mundo de hace quinientos años, más simple pero tantas veces más sabio, estará suscitándose frente a usted. Por un momento, sacerdotes, agricultores y guerreros retomarán sus labores cotidianas y los ecos del pasado retumbarán desde cada pared.

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Percibirá al Sol como lo hicieron ellos: fuente de luz y energía, legítimo regulador de nuestros días. Las montañas revelarán su condición natural: fecundas y vigorosas, por lo menos tan vivas como nosotros. Entenderá que no hace falta pomposidad para alcanzar la excelencia; admirará la ciudadela así no sea de más que de piedra. ¿Quiénes fueron las que la construyeron? ¿Quiénes son los responsables de haber construido semejantes portales?

Ingapirca es el fruto de dos civilizaciones poderosas que supieron convivir en armonía. En primera instancia, fue la capital de los Cañari, una cultura austral caracterizada por sus brillantes mercaderes y su disciplina militar. Tal era su fiereza que cuando Túpac Yupanqui, emperador Inca, avanzaba con su ejército hasta lo que hoy es Ecuador, no los pudo doblegar. Así, se vio obligado a la diplomacia, y una de sus hijas se casó con el cacique local. Lo que entonces era Hatun Cañar se convirtió en Ingapirca, el Muro del Inca. Fue templo y fortaleza, el principal asentamiento de los Incas en el Ecuador y otra evidencia de la supremacía del Imperio Tahuantinsuyo sobre innumerables disciplinas.



Lo comprobará usted mismo: Ingapirca es una proeza de ingeniería. Construido a partir de rocas labradas, sus muros, quinientos años después, permanecen infranqueables. Entre piedra y piedra no pasa un alfiler. Cuando ascienda a la terraza del templo, será partícipe de un muy exacto reloj solar. Además, contemplará albergues, acueductos y terrazas agrícolas, dispuestos en orden óptimo para el bienestar de sus ocupantes, los tributos al Cusco y la bonanza económica general. En el Imperio Inca, se dice, todos tenían qué comer y dónde dormir. Varios académicos han dicho que se trata de uno de los pocos que funcionaron con relativa equidad a lo largo de la historia de la raza humana.

Pero sobre todo, Ingapirca le llenará de una misteriosa armonía. Recorrerla no es solo una visita cultural, sino espiritual. Es, por un momento, vivir en otro tiempo, en otro sistema de existencia. Es entender que pese a nuestros numerosos progresos, nos queda mucho por explorar; que puede ser que, en ciertas facetas, nos hayamos desviado al elegir nuestras prioridades. Es mirar el mundo desde los ojos de nuestros ancestros, para quienes la máxima proeza era asemejarse a la misma naturaleza de la que proveían. Será por eso que Ingapirca, como Machu Picchu, parece esculpido con el mismo cincel que las montañas que lo acogen.

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A través del pasado, podemos reconsiderar nuestro presente y descubrir nuevas facetas de nuestra realidad. Ir a Ingapirca es reencontrarse consigo mismo. Nuestra Posada está ubicada a tan solo 200 metros del Complejo. Si es que no planea quedarse la noche, podemos ofrecerle tours de ida y vuelta a Cuenca, un tour guiado y un almuerzo en nuestro restaurante por 70.00 USD. Reserve aquí.



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